El Jinete Sin Cabeza
Hace muchos, muchos años, en tierras de Mexicali vivía un agricultor muy pobre que cada mañana salía muy temprano a trabajar sus tierras, cierto día su esposa le dijo que no fuera porque tenía un mal presentimiento, él acostumbrado a cumplir con sus labores de labranza sin hacer caso a las palabras de su mujer, casi llegaba a su parcela cuando vio una espesa niebla a ras del suelo y escuchó el galopar de un caballo, su piel se erizó por el miedo porque ante él se encontraba el Jinete Sin Cabeza, Carmelo estaba paralizado y escuchó una voz profunda que salía de esa figura espectral diciendo – Te elijó a ti, tú serás el dueño de siete costales llenos de monedas de oro que se encuentran en estas tierras. Sólo tú debes sacarlos y no decir a nadie lo que te he dicho, porque si lo haces, vas a morir – Y desapareció.
Carmelo se sintió afortunado por
toparse con el Jinete sin Cabeza y ser elegido para recibir su tesoro, así que
decidió ahogar el miedo que sintió en un principio en la cantina del pueblo, y
ya mareado por tantos tragos que había tomado empezó a hablar de más. – ¡Yo soy
un hombre afortunado!, ¡el mismísimo Jinete sin Cabeza me ha elegido para darme
su tesoro, yo sé en dónde está y seré rico! – así que envalentonados por el alcohol los
ambiciosos hombres decidieron acompañarlo y salieron a buscar picos y palas
para ir por el tesoro escondido.
Caminaron hasta llegar al lugar y empezaron a escarbar, unos aquí y otros allá hasta que un hombre exclamó – ¡vengan aquí! Encontré algo. Los hombres ayudaron a escarbar y sintieron que sus herramientas topaban con algo cuando de la nada apareció otra vez la espesa niebla y se escuchó el galopar del caballo del Jinete sin Cabeza quien enfurecido se dirigió a Carmelo diciéndole –Te lo dije, vas a morir y ellos también. - La tierra tembló y como si fueran arenas movedizas se los tragó. Carmelo quedó horrorizado por lo que sus ojos habían visto, caminó hasta su casa y no volvió a hablar ni a probar bocado, su piel se secó hasta los huesos y murió… Cuentan que todavía el Jinete sin Cabeza anda buscando a quien regalarle sus siete costales llenos de monedas de oro.
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